Un cigarro inacabado

cigarro inacabado

Lucía un vestido ajustado a su belleza
sonaba Pigs de Pink Floyd, y Lucía cantaba
alzando las manos al cielo
muerta en vida por un amor imposible.

Amaba a Rebeca, con un corazón palpitante
como la virgen de fátima, se decía mirándose al espejo
embrujada por su voz, y el olor a narcisos
que emanaba de su piel, en las noches estrelladas.

Buscaba esos momentos íntimos con Rebeca
para rozar su mano, mientras oían el sermón dominical
sus rosarios se entrelazaban, rezando por un minuto más
cuando sus ojos se encontraban, a la salida de la iglesia.

Sus familias enemistadas desde generaciones
sin recordar el motivo, pero la venganza era su destino
matar o morir, se brindaban en los salones familiares
así eran los clanes, férreos y sin compasión.

Solían verse en tierras de nadie, donde las fronteras
del amor no existían, hablaban sin la mirada feroz
de sus familias, era su edén, siempre queriendo más
huyendo de aquel fatídico destino de unas familias malditas.

Los hombres las buscaban, no por amor sino por la dote
Lucía detestaba sus miradas lascivas y sus movimientos
de pavo real, buscando a una hembra, era humillante
Rebeca se angustiaba, pensando en que la tocara un hombre.

En la plaza del pueblo las miradas se cruzaban junto
al brillo de navajas listas para ser usadas ante
cualquier agravio, menos Lucia y Rebeca que solo
se miraban con un amor que emanaba un aroma a romero.

El cielo se abría ante ellas y los naranjos en flor
llenaban las casas de un aroma que apaciguaba las tardes
de un otoño que traía la desgracia bajo el manto de las nubes
y el silencio era roto por las campanas de una ermita.

Nunca aceptaron a pretendiente alguno, el asco se asentaba
y sus familias disgustadas por sus pretensiones
las humillaban, te quedarás para vestir santos, le decían
prefiero vestir santos que desvestir a un hombre gritaban.

Las habladurías se alzaban en la atmósfera de un pueblo
perdido en el aburrimiento de una sociedad católica
donde el amor era pecado entre dos mujeres
Rebeca y Lucía, sufría las miradas de desdén de todos.

Las solteronas las llamaban, las que no probarían hombre
y en la taberna se mofaban de ellas, los hombres que habían
sido rechazados, su vergüenza se convertía odio hacia ellas
que puedes esperar de hombres así, se decían en su edén.

Lucía, una mujer con carácter tomó la decisión por Rebeca
huirían de allí, buscando un lugar donde fueran aceptadas
tal vez en el extranjero, se decían entre risas
llegado el momento, correrían a un destino incierto.

llegado el día de su libertad, Lucía tomó prestado
el coche familiar, algo prohibido a las mujeres
aceleró hasta las tierras sin dueño donde se veían
al fin serían libres, de la tiranía de sus familias.

Aparcada bajo la sombra de un olmo esperó a Rebeca
encendió un cigarro y dejó que el humo la calmara
mirando el plácido cielo azul sobre ella
dejó caer su cigarro inacabado al ver a Rebeca.

Bajó del coche y corrió hacia ella, estaba sentada
bajo un naranjo con una navaja clavada en su pecho
no pudo con su dolor al ver la marca de su familia
en la navaja que le había robado el amor.

Volvió a su coche, temblando de terror y miedo
esto no quedaría así, gritaba dentro del coche
retornó a su casa, donde la esperaba su hermano
con la sonrisa de un demonio, le preguntó.

Imagino que ahora encontrarás marido, y la decencia
volverá a nuestra familia, ella no lo miro
cabizbaja, entró en la casa y lloró en su habitación
hasta la extenuación. No le quedaba nada por sentir.

Aquel incendio que acabó con el clan de los santana
fue largamente comentado en los pueblo cercanos
nadie supo jamás que pasó, pero todos murieron
algunos lo relacionaron con la muerte de Rebeca.

Pasados los años, los escombros de aquel incendio
se convirtieron en un jardín de hermosas flores
como si fueran cuidadas por unos ángeles
Lucía y Rebeca volvieron a estar juntas.

Así nació la leyenda de las amantes que murieron
por el odio de dos familias, y su amor se quedó
en aquellos jardines, donde hoy, los amantes se besan
y su aroma a romero y naranjo perfuman sus corazones.

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